Como consecuencia del proceso de globalización (en todos sus aspectos), al interior de los países con economías en desarrollo como la nuestra, es posible palpar, que aquel grado de beneficios que nos vendía el modelo de libre mercado, aplicado a nuestra realidad, no haya alcanzado a todos los ciudadanos en forma equitativa, generando confrontaciones de carácter social y económico en aquellos sectores afectados sobremanera. Lo que se manifiesta al momento de analizar economías con diferentes niveles de desarrollo, donde aquella que evolucione de acuerdo a los nuevos paradigmas, en un período de tiempo determinado, continuará llevando la delantera con respecto a su antagonista. Produciendo un vacío que absorbe, en mayor medida, parte de la sociedad del país menos favorecido.
En este punto, es necesario aclarar que el término “economía en desarrollo”, es tan sólo un eufemismo, que ha sido creado para desplazar a lo que anteriormente llamábamos “economía subdesarrollada”. Esta idea es sólo una ilusión que nos han hecho creer aquellas instituciones benevolentes de los países post – industriales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, que sus propuestas son el único camino viable. Una estratagema sutil, cuyo objetivo final es consolidar la influencia de los Estados Unidos por el mundo, creando una situación de dependencia de los países en vías de desarrollo para mejorar sus estructuras económicas y lograr competir en el mercado global.
Evidencia del problema
Considerando lo anteriormente mencionado, la pregunta de rigor es: ¿Qué puede hacer nuestro país para acceder a las ventajas del mundo globalizado de manera efectiva? Creemos que la solución a nuestras interrogantes, las debemos descubrir nosotros mismos, a través de la combinación de las experiencias de las economías desarrolladas y del análisis de nuestra realidad nacional. Muestra de eso, son las muchas investigaciones han sido desarrolladas a lo largo de nuestra historia, lo que demuestra que existen alternativas para iniciar un proyecto de desarrollo económico al considerar todas las aristas de nuestra sociedad. Lo que verdaderamente se requiere, es crear una propia identidad nacional, que sea el eje para llevar a cabo dicha empresa.
Prueba de ello, es lo que José Carlos Mariátegui nos dejó como legado para comprender nuestra realidad de forma clara; creando una metodología que hurga en nuestros orígenes y rescata las cuestiones fundamentales y críticas del país, manifestado en los “Siete Ensayos...”, la cual es la interpretación de un proceso de gestación del socialismo peruano desde la óptica marxista, partiendo de nuestro origen común. Una analogía, si hablamos del campo metodológico, que necesita ser revalorada para comprender con claridad nuestro camino al desarrollo, de acuerdo al contexto que nos plantea la globalización hoy en día. Es decir, mantener una postura ecléctica con todo aquello que sea beneficioso para nuestra sociedad en las actuales circunstancias.
Un modelo adecuado
De acuerdo a la experiencia en el mundo, se plantea a la “competitividad” como solución para el desarrollo, la cual resulta ser un término muy difundido en las esferas políticas y económicas de nuestra sociedad, llegando a formar, indiscriminadamente, parte del discurso político en los últimos años. Sin embargo, la real dimensión del término competitividad no es del todo comprendida, y para alcanzarla, no resulta ser una tarea fácil. Además, debemos adicionar que el contenido de la competitividad, no es otro que una estrategia general en el ámbito nacional que se debe aplicar para lograr el tan ansiado desarrollo económico.
El medio es la competitividad y el fin es el desarrollo económico. Pero, ¿qué implica el desarrollo económico en sí? Las aristas del término, van más allá de lo que, a primera vista, pudiéramos imaginar. Este proceso va acompañado de un conjunto de libertades que complementan el esquema para la estrategia de la competitividad. Esa es la lección que han aprendido las economías post–industriales, donde han desarrollado, en su mayor número, esa serie de elementos que conviven en sus sociedades. Por ello, es que consideramos que aquellas naciones más desarrolladas, han ganado tal denominación, por su grado de expansión de esas libertades. Pero, sabemos que no todo es perfecto y, es posible observar, que existen pequeños vacíos que no se cubren a pesar del grado de desarrollo y por efectos del proceso de globalización.
Por lo tanto, las conexiones entre la competitividad y el desarrollo económico no pueden divorciarse en el actual contexto internacional. En primer lugar, para que una nación sea competitiva deben darse ciertas condiciones que favorezcan esa tarea. Michael E. Porter, manifiesta que la competitividad es producto de la sincronización de una serie de factores productivos, institucionales y de mercado, que determinan la manera eficaz y eficiente de llevar a acabo determinada actividad económica; detallándolo en su conocido “Diamante Competitivo”. Las economías que son prósperas, son aquellas que poseen los elementos de ese enfoque, desarrollados a su máxima expresión.1
Ahora, está demostrado que las economías con estructuras competitivas, han logrado eso, de un origen o base. Esa fuente, a menudo se denomina ventaja comparativa y, puede partir, en esencia, de la posesión de un conjunto de factores productivos, como lo son los recursos naturales o los conocimientos aplicados (tecnología), en determinado campo. Tal y como Paul R. Krugman considera que la ventaja competitiva está basada en la ventaja comparativa de una industria, que pueden dar lugar a economías externas, las cuales multiplican la fuerza de la industria.2 Así, la ventaja competitiva no es otra cosa que la capacidad que tienen los factores de producción de generar una renta económica alta, donde las empresas e instituciones progresen y mejoren sus condiciones competitivas con el paso del tiempo.3
El objeto del modelo competitivo, es elevar la calidad de vida y los niveles de bienestar de las sociedades involucradas, lo que se traduce en un desarrollo económico; el cual, muchas veces se entiende como simples cuestiones numéricas de tipo macroeconómico como el Producto Bruto Interno (PBI), por ejemplo. No hay duda, que la competitividad es el camino para un desarrollo económico sostenible de los países emergentes como el nuestro. Ninguna competitividad puede lograrse si es que no se presentan un conjunto de libertades, intrínsecas al desarrollo económico de forma efectiva. Respetar esas libertades instrumentales, como lo afirma Amartya Sen, es necesario para el progreso de los pueblos, las cuales son: 1) Libertades Políticas, 2) Servicios Económicos, 3) Oportunidades Sociales, 4) Garantías de Transparencia y 5) Seguridad Protectora.4
Ese conjunto de libertades, no busca otro fin que expandir las oportunidades a los ciudadanos para que puedan vivir en armonía, siempre y cuando, un Estado responsable, cree los caminos adecuados para lograrlo. Aquellas libertades y oportunidades, no son otra cosa que los mecanismos de expresión de los deseos de los ciudadanos y el acceso a los beneficios necesarios para que los individuos mejoren sus condiciones de vida, en función del proceso de evolución de las sociedades civilizadas en el contexto actual. Como por ejemplo, la libertad de expresión política y el derecho al voto, así como los derechos humanos; el acceso a la educación y la salud; la libertad de difusión de información en forma clara y la institucionalización de elementos fijos para atender las necesidades de los menos favorecidos.
Los responsables
La cuestión más relevante a las ideas de competitividad y desarrollo económico, se expresa en la interrogante: ¿quién o quiénes son los responsables de llevar a cabo el desarrollo de esos temas? La respuesta se encuentra, sin duda, en nosotros mismos, organizados como Estado, sector privado y la sociedad civil. Este trípode es el que ha llevado a cabo las reformas para alcanzar la competitividad de los países desarrollados, en sus comunidades, y cuyo desarrollo económico es visible en todas las esferas sociales. Son los representantes de ese sistema, quienes han asumido un liderazgo visionario, en el cual se ha respetado la mayor parte del contrato social. Son personas comprometidas con voluntad de trabajo inquebrantable, que saben que su desarrollo como país es un proceso a largo plazo.
Muchos esfuerzos se han producido a lo largo de los años para iniciar el desarrollo económico en el Perú. Lamentablemente, este proceso de largo aliento, ha sido truncado en varias oportunidades, ya sea por nuestras autoridades, en los diferentes estamentos del Estado, como por la incomprensión de la ciudadanía organizada. Nuestra clase política de turno ha carecido, en mayor medida, de un liderazgo que sea el eje direccional para lograr las metas como nación; debiéndose sobretodo, a la presencia de los viejos políticos que aparecen en la palestra con una mentalidad reciclada, que argumentan nuevas oportunidades y cuyo verdadero fin, sólo lo conocen ellos mismos.
Por otro lado, se encuentran aquellos políticos que carecen del carácter para tomar las riendas de un país como el nuestro, cuyo es mensaje es opaco y no llega a la población en su real dimensión. Además, se suma el hecho de que el ciudadano común parece no entender sobre las cuestiones más elementales y simples de la economía, pues, para lograr un bienestar común, se requiere mucha paciencia y años de sacrificios. Demostrándose que nuestra sociedad no reúne esas dos condiciones, la razón es simple, sólo poseen una visión cortoplacista, por la cual esperan que se produzcan resultados inmediatos, y al impacientarse, el comportamiento colectivo termina por romper el círculo virtuoso del desarrollo económico.
A pesar de esos argumentos, muchas iniciativas o planes se gestan limitadamente o nunca se llevan a ejecución, debido fundamentalmente a las acciones políticas de la clase gobernante, las cuales han socavado nuestra estructura moral, social y económica que nos ha aletargado durante mucho tiempo. En especial, creemos que el primer paso para iniciar un verdadero liderazgo que guíe los destinos del país, es romper los caducos esquemas mentales del pasado, presentes en cada uno de los miembros de nuestra sociedad. Por ello, no es una novedad que la mejor y mayor inversión en nuestras comunidades, es la educación a todo nivel, porque permite renovar conceptos y comprender el engranaje económico y social de nuestro mundo.
En este punto, es necesario aclarar que el término “economía en desarrollo”, es tan sólo un eufemismo, que ha sido creado para desplazar a lo que anteriormente llamábamos “economía subdesarrollada”. Esta idea es sólo una ilusión que nos han hecho creer aquellas instituciones benevolentes de los países post – industriales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, que sus propuestas son el único camino viable. Una estratagema sutil, cuyo objetivo final es consolidar la influencia de los Estados Unidos por el mundo, creando una situación de dependencia de los países en vías de desarrollo para mejorar sus estructuras económicas y lograr competir en el mercado global.
Evidencia del problema
Considerando lo anteriormente mencionado, la pregunta de rigor es: ¿Qué puede hacer nuestro país para acceder a las ventajas del mundo globalizado de manera efectiva? Creemos que la solución a nuestras interrogantes, las debemos descubrir nosotros mismos, a través de la combinación de las experiencias de las economías desarrolladas y del análisis de nuestra realidad nacional. Muestra de eso, son las muchas investigaciones han sido desarrolladas a lo largo de nuestra historia, lo que demuestra que existen alternativas para iniciar un proyecto de desarrollo económico al considerar todas las aristas de nuestra sociedad. Lo que verdaderamente se requiere, es crear una propia identidad nacional, que sea el eje para llevar a cabo dicha empresa.
Prueba de ello, es lo que José Carlos Mariátegui nos dejó como legado para comprender nuestra realidad de forma clara; creando una metodología que hurga en nuestros orígenes y rescata las cuestiones fundamentales y críticas del país, manifestado en los “Siete Ensayos...”, la cual es la interpretación de un proceso de gestación del socialismo peruano desde la óptica marxista, partiendo de nuestro origen común. Una analogía, si hablamos del campo metodológico, que necesita ser revalorada para comprender con claridad nuestro camino al desarrollo, de acuerdo al contexto que nos plantea la globalización hoy en día. Es decir, mantener una postura ecléctica con todo aquello que sea beneficioso para nuestra sociedad en las actuales circunstancias.
Un modelo adecuado
De acuerdo a la experiencia en el mundo, se plantea a la “competitividad” como solución para el desarrollo, la cual resulta ser un término muy difundido en las esferas políticas y económicas de nuestra sociedad, llegando a formar, indiscriminadamente, parte del discurso político en los últimos años. Sin embargo, la real dimensión del término competitividad no es del todo comprendida, y para alcanzarla, no resulta ser una tarea fácil. Además, debemos adicionar que el contenido de la competitividad, no es otro que una estrategia general en el ámbito nacional que se debe aplicar para lograr el tan ansiado desarrollo económico.
El medio es la competitividad y el fin es el desarrollo económico. Pero, ¿qué implica el desarrollo económico en sí? Las aristas del término, van más allá de lo que, a primera vista, pudiéramos imaginar. Este proceso va acompañado de un conjunto de libertades que complementan el esquema para la estrategia de la competitividad. Esa es la lección que han aprendido las economías post–industriales, donde han desarrollado, en su mayor número, esa serie de elementos que conviven en sus sociedades. Por ello, es que consideramos que aquellas naciones más desarrolladas, han ganado tal denominación, por su grado de expansión de esas libertades. Pero, sabemos que no todo es perfecto y, es posible observar, que existen pequeños vacíos que no se cubren a pesar del grado de desarrollo y por efectos del proceso de globalización.
Por lo tanto, las conexiones entre la competitividad y el desarrollo económico no pueden divorciarse en el actual contexto internacional. En primer lugar, para que una nación sea competitiva deben darse ciertas condiciones que favorezcan esa tarea. Michael E. Porter, manifiesta que la competitividad es producto de la sincronización de una serie de factores productivos, institucionales y de mercado, que determinan la manera eficaz y eficiente de llevar a acabo determinada actividad económica; detallándolo en su conocido “Diamante Competitivo”. Las economías que son prósperas, son aquellas que poseen los elementos de ese enfoque, desarrollados a su máxima expresión.1
Ahora, está demostrado que las economías con estructuras competitivas, han logrado eso, de un origen o base. Esa fuente, a menudo se denomina ventaja comparativa y, puede partir, en esencia, de la posesión de un conjunto de factores productivos, como lo son los recursos naturales o los conocimientos aplicados (tecnología), en determinado campo. Tal y como Paul R. Krugman considera que la ventaja competitiva está basada en la ventaja comparativa de una industria, que pueden dar lugar a economías externas, las cuales multiplican la fuerza de la industria.2 Así, la ventaja competitiva no es otra cosa que la capacidad que tienen los factores de producción de generar una renta económica alta, donde las empresas e instituciones progresen y mejoren sus condiciones competitivas con el paso del tiempo.3
El objeto del modelo competitivo, es elevar la calidad de vida y los niveles de bienestar de las sociedades involucradas, lo que se traduce en un desarrollo económico; el cual, muchas veces se entiende como simples cuestiones numéricas de tipo macroeconómico como el Producto Bruto Interno (PBI), por ejemplo. No hay duda, que la competitividad es el camino para un desarrollo económico sostenible de los países emergentes como el nuestro. Ninguna competitividad puede lograrse si es que no se presentan un conjunto de libertades, intrínsecas al desarrollo económico de forma efectiva. Respetar esas libertades instrumentales, como lo afirma Amartya Sen, es necesario para el progreso de los pueblos, las cuales son: 1) Libertades Políticas, 2) Servicios Económicos, 3) Oportunidades Sociales, 4) Garantías de Transparencia y 5) Seguridad Protectora.4
Ese conjunto de libertades, no busca otro fin que expandir las oportunidades a los ciudadanos para que puedan vivir en armonía, siempre y cuando, un Estado responsable, cree los caminos adecuados para lograrlo. Aquellas libertades y oportunidades, no son otra cosa que los mecanismos de expresión de los deseos de los ciudadanos y el acceso a los beneficios necesarios para que los individuos mejoren sus condiciones de vida, en función del proceso de evolución de las sociedades civilizadas en el contexto actual. Como por ejemplo, la libertad de expresión política y el derecho al voto, así como los derechos humanos; el acceso a la educación y la salud; la libertad de difusión de información en forma clara y la institucionalización de elementos fijos para atender las necesidades de los menos favorecidos.
Los responsables
La cuestión más relevante a las ideas de competitividad y desarrollo económico, se expresa en la interrogante: ¿quién o quiénes son los responsables de llevar a cabo el desarrollo de esos temas? La respuesta se encuentra, sin duda, en nosotros mismos, organizados como Estado, sector privado y la sociedad civil. Este trípode es el que ha llevado a cabo las reformas para alcanzar la competitividad de los países desarrollados, en sus comunidades, y cuyo desarrollo económico es visible en todas las esferas sociales. Son los representantes de ese sistema, quienes han asumido un liderazgo visionario, en el cual se ha respetado la mayor parte del contrato social. Son personas comprometidas con voluntad de trabajo inquebrantable, que saben que su desarrollo como país es un proceso a largo plazo.
Muchos esfuerzos se han producido a lo largo de los años para iniciar el desarrollo económico en el Perú. Lamentablemente, este proceso de largo aliento, ha sido truncado en varias oportunidades, ya sea por nuestras autoridades, en los diferentes estamentos del Estado, como por la incomprensión de la ciudadanía organizada. Nuestra clase política de turno ha carecido, en mayor medida, de un liderazgo que sea el eje direccional para lograr las metas como nación; debiéndose sobretodo, a la presencia de los viejos políticos que aparecen en la palestra con una mentalidad reciclada, que argumentan nuevas oportunidades y cuyo verdadero fin, sólo lo conocen ellos mismos.
Por otro lado, se encuentran aquellos políticos que carecen del carácter para tomar las riendas de un país como el nuestro, cuyo es mensaje es opaco y no llega a la población en su real dimensión. Además, se suma el hecho de que el ciudadano común parece no entender sobre las cuestiones más elementales y simples de la economía, pues, para lograr un bienestar común, se requiere mucha paciencia y años de sacrificios. Demostrándose que nuestra sociedad no reúne esas dos condiciones, la razón es simple, sólo poseen una visión cortoplacista, por la cual esperan que se produzcan resultados inmediatos, y al impacientarse, el comportamiento colectivo termina por romper el círculo virtuoso del desarrollo económico.
A pesar de esos argumentos, muchas iniciativas o planes se gestan limitadamente o nunca se llevan a ejecución, debido fundamentalmente a las acciones políticas de la clase gobernante, las cuales han socavado nuestra estructura moral, social y económica que nos ha aletargado durante mucho tiempo. En especial, creemos que el primer paso para iniciar un verdadero liderazgo que guíe los destinos del país, es romper los caducos esquemas mentales del pasado, presentes en cada uno de los miembros de nuestra sociedad. Por ello, no es una novedad que la mejor y mayor inversión en nuestras comunidades, es la educación a todo nivel, porque permite renovar conceptos y comprender el engranaje económico y social de nuestro mundo.
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